“El paro, la corrupción y la economía, entre las principales preocupaciones en España” según el Barómetro del CIS de julio 2015. Pero no es la primera vez ni el primer lugar en el que oímos este tipo de conclusiones. Efectivamente España ha bajado su nivel de seguridad, pasando al puesto 38 del ranking de percepción de la corrupción de Transparencia Internacional, donde antes ocupaba el 22. Se estima que la corrupción le cuesta anualmente a España alrededor de 48 mil millones de euros. Sin embargo no es un problema nuevo ni tampoco únicamente presente en este país, y es por ello que Naciones Unidas decidió dar visibilidad a esta grave cuestión fijando el día 9 de diciembre como el Día Internacional Contra la Corrupción. En el marco de esta campaña para 2015 el eslogan es “Rompe la cadena de la corrupción” o #Breakthechain.

Rompe la cadena de la corrupción

http://www.un.org/es/events/anticorruptionday/

Pero ¿cómo puede la empresa romper su eslabón de esta cadena? Esa es una cuestión que han tratado numerosas organizaciones internacionales, tales como Transparencia Internacional, con sus Principios de Transparencia y Prevención de la Corrupción para Empresa. Recientemente además, el Pacto Mundial en España ha llegado a un acuerdo contra la corrupción orientado precisamente al sector privado, con dicha organización. Asimismo, prestigiosas escuelas de negocios han elaborado estudios y guías para la prevención de prácticas de corrupción en la empresa.

No obstante, las actividades de anticorrupción no sólo se deben promover para dar respuesta a una exigencia social latente o para la adhesión a reputadas iniciativas internacionales, sino porque dichas actividades tienen un impacto positivo en el entorno, la sociedad, la economía y la propia empresa. La corrupción obstaculiza el desarrollo y el crecimiento empresarial, pero sus consecuencias sólo afloran a medio o largo plazo. Las ventajas competitivas que pueden conseguir las empresas corruptas son poco sostenibles en el tiempo y sin embargo, salir del círculo de éstas prácticas no resulta tan sencillo. Más allá, una empresa íntegra es aquella que gestiona de forma sólida sus riesgos, evitando así costosas multas, sanciones y potenciales desgastes reputacionales, consiguiendo consecuentemente una mejor posición en el mercado.

Extrayendo los principales puntos de las diversas iniciativas de organismos internacionales, artículos especializados y guías empresariales, podemos concluir que con las siguientes diligencias, la empresa se estaría protegiendo de formar parte del problema tan acuciante de la corrupción:

  1. Prácticas de Buen Gobierno: todo empieza por la Dirección y el Consejo de Administración.
  2. Elaboración de Códigos éticos o de conducta: comunicar el comportamiento que esperas de todos los trabajadores.
  3. Identificación y prevención de riesgos de conductas ilícitas: estar un paso por delante evita consecuencias mayores.
  4. Implantación de modelos de cumplimiento: crear consciencia y “cómplices” a todos los niveles de la entidad y asegurar estar en línea con la normativa.
  5. Establecimiento de autorizaciones y normas de uso de recursos: los controles impiden el mal uso de los medios disponibles.
  6. Ejercicio de la transparencia publicando resultados y objetivos: obliga a la empresa frente a terceros y frente a sí misma, en la persecución de mejoras y de solucionar carencias identificadas públicamente.
  7. Creación de planes de Responsabilidad Social Empresarial y Sostenibilidad: demostrar que vas más allá del estricto cumplimiento, en pro del desarrollo del entorno y la pervivencia de la empresa.
  8. Extensión de las buenas prácticas, tanto a lo largo de la cadena de valor como en todo el ámbito geográfico de la organización.
  9. Comprometerse con las obligaciones fiscales y comunicar dichas aportaciones.

La corrupción es un problema global y local, pero también interno y externo a la empresa. Y cómo tal, es un problema al que la empresa ya no puede hacer oídos sordos. Si quiere desentenderse tendrá que ser al menos con las medidas mencionadas.

Andrea Duque Pérez
Responsable RSE