Parece indudable que se está produciendo una inversión de valores tanto en los agentes económicos que intervienen en los mercados, como en la sociedad considerada en su conjunto. Sin entrar ya en los factores que fueron causa de la reciente crisis, cuyas nocivas secuelas afectaron y todavía afectan de forma inmisericorde a nuestras decisiones como empresarios, profesionales, empleados o meros consumidores, resulta necesario el establecimiento de un nuevo orden ético que garantice la pervivencia del sistema económico y evite en el futuro crisis sistémicas de consecuencias irreparables.

En este contexto, la Responsabilidad Social Empresarial se erige como una de las herramientas imprescindibles transparencia y certificación del cumplimiento normativo por parte de las entidades públicas y privadas.

Atrás quedan declaraciones vagas y de difícil implantación efectiva como los antiguos códigos de buen gobierno, o el ejercicio minimalista de supervisión del sistema a partir del seguimiento de flujos de documentación y controles, como el caso de la Ley Sarbanes Oxley. El estrepitoso fracaso del marco normativo y regulador de determinados mercados, debe dar lugar a un “uso responsable” de los recursos por parte de los agentes económicos en sus diferentes niveles de intervención.

Sin embargo, a pesar de la meridiana demanda social de responsabilidad y transparencia en empresas e instituciones, existe un casi general desconocimiento del alcance y naturaleza de lo que se denomina “Responsabilidad Social Empresarial”. El concepto ha sido tradicionalmente asociado a actividades filantrópicas y/o de orientación conservacionista. Detrás de su envoltura, aparece empero un proceso integral y complejo que afecta notablemente a muchos niveles de la entidad que decide su implantación.

Más allá de los sustanciales cambios de naturaleza filosófico-organizativa, la Responsabilidad Social Empresarial promueve además una nueva relación con el entorno. Desde esta perspectiva resulta fundamental, no sólo acentuar la función social de la empresa, sino también su continua e ineludible interacción con la comunidad. La orientación monoteísta hacía el consumidor/usuario ha de ser sustituida por un enfoque plural donde a partir de valores sociales, primen –además de la satisfacción del consumidor– las relaciones de la entidad con sus propios empleados, proveedores, instituciones y con fracciones activas de la sociedad en la que opera. Como pueden adivinar y por la propia resistencia al cambio de las organizaciones, la puesta en marcha de este proceso puede estar sometida a un sinfín de vicisitudes.

La Responsabilidad Social Empresarial no sólo es un proceso integral y sistemático de aplicación de valores “intramuros” de la entidad que decide su implantación, es además un soberbio esfuerzo de comunicación interna y externa de los valores y principios adoptados. La incardinación de dichos valores en la cultura de la entidad es la clave del éxito de la Responsabilidad Social Empresarial en su funcionamiento interno, y es precisamente la percepción de dichos valores por parte de la comunidad lo que asegura el retorno de la inversión realizada.

A pesar de las limitaciones de un proceso amplio y complejo, valoramos muy positivamente la influencia de las redes sociales como mecanismo de denuncia de abusos y agresiones con repercusión social en cualquier lugar del mundo. En aquellos casos en los que el cambio no se produzca a partir de las convicciones propias, la presión “online” actuará sin duda como elemento coadyuvante a la hora de decidir la adopción de conductas económicas socialmente responsables. El camino resultará largo y proceloso, pero entendemos que por una vez se dan las condiciones necesarias y existen herramientas para favorecer el cambio.

La interacción social y la confianza extrema constituyen activos esenciales de toda entidad en la era de la transparencia.

Max Gosch
Socio- Partner